Heme aquí de nuevo con ustedes para dar un poco de calor again. El motivo por el cual vuelvo a escribir en este blog que pensaba abandonado para siempre es un poco triste, pero bueno, la vida es así y hay que saber aceptar las embestidas de la misma. El doctor me ha prohibido cantar por una lesión en la garganta. ¿Y qué pasa? Pues que uno ha nacido con una vena creativa y una ansiedad por hacer cositas que en parte es una condena, porque cuando te cortan el grifo por largos periodos como a mí acaba de ocurrirme, pues... un servidor tiene que sacar la cosa por algún lao porque si no me salen burbujitas en el cuello como a Homer Simpson.
No prometo mucho, porque dejé esto por una falta de motivación que aún es latente, pero... sé que cuando lleve días sin cantar, la frustración se apoderará de mí como el hambre de Topoto cuando ve un donut, y esto creo que puede ser una buena válvula de escape.
Pero bueno, al lío. Comenzamos...
Capítulo 1 de la nueva era: Nunca es buen momento para abrir la bocaY si no que se lo digan a James Brewer, estadounidense de 58 años al que le dio por ser sincero en el último momento de su vida -o eso pensaba él-. Y es que el amigo, después de treinta y dos años callándose que había matado a su vecino, decidió decir: "Pues ahora me voy a lo grande", tras sufrir un derrame cerebral y ver la luz o el túnel o lo que cojones se vea cuando te mueres y pensar que la cosa ya no tenía vuelta atrás.
Recapitulemos: Brewer está en la cama, muy malito muy malito, muuy malito. Con un derrame cerebral, vaya. Ve la luz. Piensa: "Uf, esto tiene mala pinta, me muero". Coge el teléfono. Llama a la policía. Dice que mató a su vecino porque se intentó ligar a su mujer. Y se pone bueno. POR LISTO. ¿Y qué pasa ahora? Pues que le ha caído la pena de muerte. Para los que creen en el destino como mi amiga Ruth -nombre que, por cierto, en EEUU es de anciana decrépita-, este hombre era impepinable que muriera. Como diría el señor Benavente, sí o sí.
Bueeno, pos na. Esto es todo.
Por aquí andaremos, digo yo. Pero esta vez sin cantar. Lo cual seguro que es bueno para los que entren, claro.